Por muy cómodos que sean los banquillos, no son lugares para el hombre moderno. (Por Gordon Brown… y Xavier Santotomás Mena)

Tabla de contenidos
23 de abril. En los salones de una antigua y regia universidad del Barrio Latino de París, el ex presidente Theodore Roosevelt habla ante una multitud embelesada. A pesar de la majestuosidad del viejo mundo del lugar, el tema de la conferencia es claramente y furiosamente moderno, esbozando lo que significa ser partícipe de un extraño experimento llamado «democracia».
Aunque su discurso «Ciudadanía en una república» tocó todos los temas, desde el trabajo al ocio, desde la desigualdad a la innovación, una sección de su discurso de casi 9.000 palabras fue tan poderosa y profunda que destacó por encima de todo lo demás. Dos sencillas frases que explican por qué todos debemos aspirar a ser el «hombre de la arena».
El hombre en la arena (discurso de Theodore Roosevelt):
«No es el crítico el que cuenta; no es el hombre que señala cómo tropieza el hombre fuerte, o dónde podría haberlo hecho mejor el ejecutor de las hazañas.
El mérito pertenece al hombre que está realmente en la arena, cuyo rostro está manchado de polvo, sudor y sangre; que se esfuerza valientemente; que yerra, que se queda corto una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin error y defecto; pero que realmente se esfuerza por hacer las obras; que conoce los grandes entusiasmos, las grandes devociones; que se gasta en una causa digna; que en el mejor de los casos conoce al final el triunfo de un logro elevado, y que en el peor de los casos, si fracasa, al menos fracasa mientras se atreve enormemente, de modo que su lugar nunca estará con esas almas frías y tímidas que no conocen la victoria ni la derrota.»
Esas palabras son tan ciertas hoy como lo fueron hace más de un siglo, repetidas a lo largo del tiempo por políticos y poetas, atletas y académicos por igual. Y para los que vivimos este momento en particular, quizá sean especialmente significativas. Al fin y al cabo…
La crítica viene después
Nuestra generación no es ajena a las críticas. Aunque todas las generaciones han tenido que soportar lamentos y advertencias sobre «los niños de hoy en día», para nosotros ha sido especialmente ineludible. Nos han llovido en las noticias de la televisión por cable, nos han llovido en las editoriales, nos han satirizado en SNL, nos han destripado en artículos autoproclamados de «pensamiento» y nos han gritado los comentaristas anónimos en Internet. Si hay que creer a los críticos, somos al mismo tiempo un puñado de blandos y llorones copos de nieve del PC incapaces de funcionar en el mundo adulto y una manada de anarquistas violentos y caníbales que nos hurgamos los dientes con los huesos de nuestros enemigos. Por muy impresionante que sea esta hazaña, la pura ridiculez no le quita hierro al asunto.
Si escuchamos lo suficiente, empezaremos a sentirnos abatidos por el constante bombardeo de menosprecio, desdén y escrutinio de cada una de nuestras acciones, ya sea el trabajo que desempeñamos, el arte que creamos, el candidato por el que hacemos campaña, la pareja que buscamos o incluso cómo pasamos nuestro tiempo libre. Y aunque podemos hacer todo lo posible por resistirnos, incluso los más conscientes de nosotros corren el riesgo de interiorizar esa autocensura, poniendo en duda todos nuestros planes o desestimando todos los resultados. Es en momentos así cuando el recordatorio de Roosevelt es especialmente importante: el crítico no cuenta.
Roosevelt no nos dice que las personas que diseccionan nuestros esfuerzos sean crueles o cobardes (aunque a veces lo son). No nos dice que estén equivocados (a menudo no lo están). Lo que sí nos dice es que, en última instancia, ni siquiera tiene importancia. No es sólo que el juego se vea diferente desde el campo que desde las gradas, es que sin alguien que sude y se esfuerce, no habría juego.
La crítica -constructiva o destructiva, saboteadora o sincera-, por su propia naturaleza, siempre llegará después. En el momento en que empezamos a enmarcar nuestros esfuerzos en torno a esa verdad es cuando empezamos a liberarnos. El aquí y ahora es lo que cuenta, porque el aquí y ahora es todo lo que hay. Esa actitud nos permite centrarnos en nuestros esfuerzos, no en las posibles reacciones de la gente. Nos permite lidiar con la situación tal y como la afrontamos, no desde la perspectiva de la gente de arriba.
Sí, los que odian van a odiar, no hay forma de evitarlo. Pero los que odian no existirán sin que nosotros hagamos algo para cabrearlos, así que ¿por qué no hacerlo nosotros mismos?

«Influencia de los detractores en la calidad de la obra producida»
PASO 1 (Calidad de la obra): La obra se crea a partir de una pasión puramente personal. Se desarrolla un pequeño grupo de seguidores basado en la proximidad al creador.
PASO 2 (Atención a los críticos): A medida que aumenta la audiencia, aparecen más críticos. El creador se pone a la defensiva, responde a los críticos de la obra y ahora gasta energía creativa preocupándose por «¿Qué dirán los críticos?». La calidad de la obra se resiente enormemente, además de decepcionar a los seguidores.
PASO 3: Se da cuenta de que, con la expresión, llegan las grandes críticas. El creador aprende a ignorar las críticas anónimas y valora los comentarios constructivos reales de un pequeño grupo de fuentes confiables. La calidad de la obra despega a medida que el creador restaura las raíces de la pasión en la ética de trabajo y la visión personal.
El dolor es parte del proceso
Aunque Roosevelt nos pide que tengamos el valor de empezar, no pierde el tiempo advirtiéndonos de que todo intento tiene un coste. Estamos acostumbrados a oír que no hay victoria sin lucha, pero lo que «El hombre en la arena» nos dice es que no hay intento sin lucha. El éxito no está garantizado, pero sí quizás el dolor.
Aunque suene extraño, es algo por lo que merece la pena luchar.
A menudo tratamos la adversidad como una señal de que estamos haciendo algo mal cuando, en realidad, suele ser la señal más clara de que estamos haciendo algo bien. Significa que estamos superando los límites de nuestras habilidades actuales. Nos aventuramos en la naturaleza más allá de nuestras zonas de confort. Nos ponemos consciente y deliberadamente en situaciones en las que se ponen a prueba nuestro carácter y nuestros valores (que es la única vez que sabremos si realmente son verdaderos). En pocas palabras: si subimos al ring y no nos sentimos desafiados (y noqueados), estamos en la categoría de peso equivocada.
Al mismo tiempo que nos quitamos de la cabeza las críticas (reales o imaginarias), deberíamos sustituirlas por la expectativa de la adversidad. Cuando llegue, no nos pillará desprevenidos ni nos destrozará. Se nos da la oportunidad desesperadamente necesaria de endurecernos de antemano. Sí, el dolor seguirá ahí, pero será más soportable sabiendo que el dolor no es inútil. Pasará más rápidamente si reconocemos que significa que nos estamos desafiando a nosotros mismos. Cuando el polvo se asiente, no sólo nos dejará en pie, sino incluso más fuertes que antes, listos para luchar de nuevo.
La derrota tiene más valor que la inacción
Fracasa a lo grande o vete a casa.
Ése es el reto final que nos deja «El hombre en la arena». No esforzarnos una y otra vez porque nuestra persistencia acabará dando sus frutos, sino porque el acto de esforzarse y luchar es lo único que realmente hace falta.
Por mucho que nos digan que los ganadores escriben los libros de historia, son los perdedores quienes a menudo se ganan la admiración del mundo. Podemos nombrar a los líderes de revoluciones y levantamientos fracasados. Podemos rastrear las huellas dejadas por exploradores que nunca encontraron lo que buscaban. Podemos citar a los hombres y mujeres cuyos mejores esfuerzos se convirtieron en catástrofes absolutas. Equipos de bobsled fracasados y misiones a la Luna fallidas, viajes a la Antártida perdidos y últimas batallas contra la opresión.
A pesar de sus derrotas, celebramos a estas personas como héroes. ¿Por qué?
Porque estaban allí.
Una vez más, ese mensaje es especialmente poderoso en este preciso momento de la historia. No es que los proyectos que tenemos por delante sean excepcionalmente brutales (probablemente no estemos descendiendo en canoa por un afluente palúdico o enfrentándonos a un guerrero literal en un coliseo), es que los márgenes nunca han sido tan cómodos. En ningún momento de la historia ha habido más distracciones, desvíos y justificaciones para alejarnos de los retos a los que podríamos enfrentarnos.
«Exponerse», afirma la conferenciante y académica Brene Brown, es el corazón y el alma del discurso de Roosevelt. Ya se trate de un proyecto creativo, un nuevo trabajo o incluso la batalla de toda la vida por un cuerpo más sano, lo que nos distingue es la ambición, el compromiso y el valor de intentarlo de verdad. ¿Cómo distinguir a los atletas de los espectadores? No por quién lleva los colores del equipo. Ni por quién grita más alto. Ni por quién es la persona más fuerte, ni por quién tiene más experiencia, ni por quién tiene cero puntos. Sino por quién está en el campo, en el polvo, el sudor y la sangre, y no en las gradas.
Entrar en la arena. Estar allí.
Eso es todo lo que importa. Es lo único que hace falta.
Fuentes:
- Traducción con pequeñas adaptaciones propias del texto original en inglés por Gordon Brown que encontrarás aquí
- El Hombre en la Arena – Theodore Roosevelt (Poderoso Discurso)
- Brené Brown: the Call to Courage | Official Trailer [HD] | Netflix
Mi celebración del 2024
Hoy 31 de Diciembre es el día que finaliza uno de esos ciclos que invitan a reflexionar sobre lo recorrido, a hacer resúmenes. Aunque para mi, el ciclo importante se cerró con el otoño, con el día más corto que dio paso al crecimiento de la luz diurna, el día de hoy y el texto anterior me invitan a preguntarme ¿Cuántas veces he bajado a la arena durante este año?
Y recordando a través de los contenidos que he puesto en la red de redes, diría que he bajado a la Arena:
- Cuando he subido a las redes mas de 200 contenidos bellos hasta la médula en los que he procurado entregar lo mejor de mi alma creativa al servicio del triple ganar.
- Cuando acepté el reto de «MOME» de crear ocho contenidos en la cuenta atrás para el día mundial del juego.
- Cuando revisé y puse al día mi propuesta de «terapia Reiki y coaching Mindfulness».
- Cuando me fui a Almería a poner tiempo y energía en un eco-proyecto llamado Sunseed en un rol (el de administrador de la contabilidad, de los pagos y cobros, de los resúmenes financieros…) que, en principio, no me entusiasmaba, y sobre el que todavía albergo dudas. Mi mantra ha sido: «se hacerlo bien pues requiere manejar datos, e información (para convertirlos en conocimiento y sabiduría) pero no es mi pasión». Y en ese «pero…» percibo cierta excusa para no meterme a fondo en el rol. Para que cierta voz criticona en mi cabeza se escude y no trate de encontrar los aspectos del rol (y del proyecto) que podrían entusiasmarme.
- Cuando hice otro taller de Dragon Dreaming en inglés, cosa que siempre me cuesta, aunque menos explicando los beneficios que ha aportado a mi vida esta filosofía/metodología para ser más feliz y hacer más felices a las personas con las que comparto camino.
- Cuando organicé una limpieza coincidiendo con el World Cleanup Day, aunque tuviera que facilitarla otra vez en inglés, idioma que no domino todo lo que me gustaría.
- Cuando he recuperado y consolidado mi rutina matutina para liberar la acumulación de cierta tensión interna que en los meses previos a mi llegada a Almería me había estado fastidiando.
- Cuando me puse por unos días la careta de «community and content manager» de la comunidad de Dragon Dreaming en Castellano, entrevistando en un «Instagram Live» a unos buenos amigos.
- Cuando cansado de pagar comisiones a ciertos bancos, he decidido pasarme a otros sin ellas.
- Cuando he sostenido las lineas rojas propias que no me apetece que nadie traspase.
- Cuando, a pesar de cierta tensión interna que a veces me haría saltar a la yugular de más de uno, me he mantenido fiel a los acuerdos personales que me están permitiendo mejorar la calidad de las relaciones que me importan.
- Cuando…
Muchos «cuándos» que, con la perspectiva de lo recorrido, me permiten dibujar una amplia sonrisa en mi cara.
¿Y cuándo he salido de la arena?
- Cuando no he sostenido lo suficiente para que maduren las opciones que me permitirían incrementar mis ingresos financieros personales.
- Cuando no he mantenido suficiente el foco en el autocuidado, decantándome por un exceso de autoexigencia que en ocasiones me ha dañado.
- Cuando cierta difusión en los objetivos me lleva a sitios que no me permiten centrarme en lo que necesito cuidar: mis ingresos y mi energía para estar mejor a nivel personal.
- Cuando me he dejado llevar por la queja, por la búsqueda de culpables, por el miedo.
- Cuando…
En las oportunidades de mejora se encuentran los diamantes que permiten compostar la propia mierda de una forma más eficiente.
Como dice una buena amiga a la que considero referencia en la auto-referencia: Gracias siempre. (a lo que consideramos bueno y a lo que no, pues solo es la falta de perspectiva/conciencia lo que impide ver todo como aprovechable)
Y, desde esa conciencia, que este nuevo ciclo esté lleno de Felicidad y Prosperidad para todos.
Valora esta entrada: [ratings]
Deja tu comentario